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Dalila

Dalila solía ser simplemente una chica más en su vecindario, era una joven de estatura baja, delgada, cuya melena rubia cubría parcialmente la palidez de su rostro, era apenas una chica de...

Dalila solía ser simplemente una chica más en su vecindario, era una joven de estatura baja, delgada, cuya melena rubia cubría parcialmente la palidez de su rostro, era apenas una chica de 23 años, 23 años durante los cuales había llevado una vida difícil: había terminado con su novio hacía unas pocas semanas, ¿la razón? Algo normal para nuestros tiempos, el tipo la golpeaba, le gritoneaba, le exigía cumplir todas y cada una de las inverosímiles normas que el ponía creyéndose el jefe, era solo un novio moderno.

Dalila salió de su trabajo en la boutique a eso de las seis treinta de la tarde, y una lluvia tenue comenzó a danzar por la ciudad, ella veía gente huyendo de una lluvia que menos que eso, era una simple briza indefensa, ella vio como una señora se refugió con sus pequeñines dentro de un Stratus color verde; “Que lindo” pensó, ella realmente no conocía un verdadero hogar en carne propia, su madre vivía deprimida todo el tiempo, su abuela era una viejecilla cascarrabias, pensaba en lo que le esperaba al llegar a su casa: solamente soledad, frío, nadie con quien compartir nada, a pesar de todo, ella se sentía sola.

Sobre todo, Dalila pensaba en su infancia, en los amigos que nunca tuvo, los regalos que no recibió, las sonrisas que no se asomaron, y, pensaba en su padrastro, ese imbécil que gozaba de maltratar a su esposa, gritarle, pegarle, y por si fuera poco, también a la pequeña Dalila le tocaba su parte, pues ella también traía cicatrices en su cuerpo y en su espíritu, pues Dalila recordó como ese monstruo gozaba de herir su cuerpo a fuerza de puñetazos, de insultos, gozaba de abusar de ella, de tenerla como su juguete sexual.

“Menos mal que eso ya pasó” se decía a si misma, pues el culpable de sus desventuras hacía unos 13 años que dejó a la familia, que la verdad es que ocasionalmente la visitaba, pero solo para revivir viejas rencillas.

De pronto algo interrumpió el baile de ideas de Dalila, pues al pasar por un callejón pudo sentir como unos pasos se acercaron a ella y al mirar de reojo, pudo ver la figura de un hombre que… ¿es eso una navaja? Si, si es una navaja, ¡Corre Dalila!

Dalila corrió despavorida sin rumbo fijo, solamente se mueve por instinto, sólo quiere alejarse lo más posible del tipo que la sigue desde varias cuadras arriba, pero como buena corredora inexperta ha mirado hacia atrás hacia atrás y tropieza con un mugriento cubo de basura y su cuerpo azota contra la acera dejándola aturdida y a merced del sujeto.

El hombre analiza y aprovecha su ventaja y levantando a Dalila con un movimiento furtivo, ahogaba sus gritos y la condujo hasta aquel paupérrimo callejón.

Mordaza, cuerdas, no hay moros en la costa, todo esta bien… no para Dalila. Ella sabe lo que ocurre, ¡Diablos! Ha tratado de gritar pero un bofetón la silenció, bofetón que le ha recordado al hombre que marcó su infancia, los pensamientos son interrumpidos por las caricias agresivas de aquel tipo, unos besos que le provocaban repulsión; en esa escena, Dalila recordaba al maldito que se robó su niñez, al hombre que nunca le importó el dolor de Dalila, quien a pesar de ser su padrastro, solo la veía como un objeto para satisfacer sus deseos…

¡Ya maldito suéltala!

Pareciera que ese recuerdo la llenó de una fortaleza sorprendente y con un movimiento logró zafarse del sujeto, quien había despojado parte de las vestimentas de Dalila; él con una mueca de coraje la miró diciéndole que no tenía escapatoria, pero un trozo de metal le guiñó a Dalila y le brindó una escapatoria, Dalila atinó a golpear fuertemente la cabeza del sujeto quien comenzó a sangrar, dejando en su cráneo que hacía gritar de dolor al desgraciado aquel.

Dalila pudo percibir en ese acto, como años de sufrimiento y terror se acumulaban para liberarla, ¡Sí eso es! Me ha descubierto, ahora puedo ver como el sujeto trata de levantarse, y Dalila se tambalea y titubea por un momento antes de asestar un golpe al tórax de aquel desgraciado, Dalila puede sentir como ese trozo de metal se hunde suavemente dejando ver un vívido y hermoso rio carmesí… Dalila sonríe, ahora se siente mejor, parece que la sangre la ayuda a pasar el trago amargo de su infancia.

Uno a uno va hundiendo su arma improvisada, Dalila no se preocupa, sabe que en esos rumbos y cerca de media noche las personas ya no pasan por ahí, con excepción de pandilleros y… ¡Si! Dalila ha recordado las continuas riñas entre pandillas, ella le pondrá una máscara a su acto de venganza, pero… vamos Dalila, tienes que disfrutarlo…

Una, dos, cuatro, diez puñaladas y lo que queda es un cuerpo inerte, Dalila lo observa con satisfacción, no conocía al sujeto y eso no le importa, a fin de cuentas ya está muerto, ¿Culpa? Por favor, no pienses en eso.

Dalila está de pie, su rostro y ropas manchados con aquél liquito hemático tan amargo, tan… tan placentero, Dalila esboza una sonrisa, el ambiente apesta a óxido y a sangre, a muerte, a pesar de todo, a Dalila le parece placentero y goza con ello…

Ahora sabes bien que no es la última vez que me dejarás estar contigo ¿verdad?, sabes quien es el siguiente, sé que lo haces por venganza, pero eso no me interesa, eso es asunto tuyo…



Dalila, gusto en conocerte.



Yo soy el instinto asesino.



Desde ahora soy la parte perdida de tu alma.

 

 
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